El número 60, aunque no tan prominente como otros números bíblicos como el 7 o el 12, posee un significado simbólico que se puede discernir a través de diversos contextos en las Escrituras. Este artículo explorará las posibles interpretaciones del número 60 en la Biblia, considerando su relación con el trabajo humano, la imperfección y el plan de redención divino.
El Número 60 y el Trabajo Humano
Una de las asociaciones más directas del número 60 es con el trabajo humano. El hombre fue creado por Dios el sexto día (Génesis 1:27), y se le otorgan seis días de la semana para realizar sus obras. Para contar el número seis, se necesitan ambas manos, un claro referente a las obras del hombre.
El sistema numérico sexagesimal, desarrollado en la antigua Babilonia, también vincula el número 60 con las actividades humanas. Los caldeos aplicaron este sistema a la seudociencia religiosa, uniendo matemáticas, astronomía, geometría, adivinación y espiritismo. Cada mes se consideraba una "casa" que ocupaba un segmento del cielo con una extensión de 30 grados/días de arco, y cada casa contenía tres habitaciones de 10 grados/días, donde residían los tres dioses de cada constelación, sumando un total de 36 dioses anuales. La imagen que Nabucodonosor levantó en la llanura de Dura, de 60 x 6 codos (360 codos), representaba a todos los dioses de Babilonia y su dios principal, Marduk.
Imperfección y Limitaciones Humanas
El número 60, al ser inferior al número 7 (que simboliza la perfección divina), puede representar la imperfección y las limitaciones humanas. El hombre, en su estado caído, es incapaz de alcanzar la perfección por sus propios medios. Sus obras, aunque puedan ser buenas, están manchadas por el pecado y no pueden ser la base para la salvación.
Esta idea se refleja en la historia de Caín, quien ofreció los mejores frutos de su huerto en lugar del cordero que Dios había pedido (Génesis 4:3-4). Caín, al confiar en sus propias obras en lugar de la gracia divina, cometió el pecado de fratricidio. De manera similar, la obsesión por las obras humanas puede desviar a los creyentes de la gracia de Cristo, creando la falsa ilusión de que pueden alcanzar la perfección a través de sus propios esfuerzos.
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El Número 60 y el Plan de Redención
A pesar de su asociación con el trabajo humano y la imperfección, el número 60 también puede estar relacionado con el plan de redención de Dios. En el Evangelio de Lucas, se menciona que Sesenta estadios es la distancia que recorrieron dos discípulos descorazonados desde Jerusalén hasta Emaús. Son sesenta estadios que nunca han dejado de maravillarme porque en ellos se narra el amor de Cristo que sale al encuentro, incluso, de los que lo abandonan. Es la historia de un Dios que nos acompaña en el dolor y en la alegría, sin pedir ser reconocido ni considerado; que se demuestra paciente con nuestra “incapacidad para reconocerle” y no se arredra ante nuestra necedad de mente ni dureza de corazón. Son los sesenta estadios durante los cuales Jesús va abriendo poco a poco la mente y el corazón de sus amigos; en los que explica con sencillez y solemnidad las escrituras y termina por cautivarlos: “¿no ardía nuestro corazón?”. Son también los sesenta estadios que hacían falta para que lo dejáramos entrar en nuestras vidas. Jesús toca la puerta y aguarda al que oiga su voz; no irrumpe, toca y aguarda. En la intimidad de nuestra casa, si le abrimos, se sienta a cenar con nosotros y nosotros con Él. Aquí Jesús - según las Escrituras - bendijo los alimentos y partió el pan. San Lucas nos cuenta que este es el momento en que a los discípulos “se les abrieron los ojos y lo reconocieron”. No ocurrió ningún evento extraordinario ni se transfiguró delante de ellos; reconocieron al Señor resucitado en la sencillez sacramental de un pan destazado. Los discípulos, sorprendidos, no esperaron al día siguiente: “Levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén”…
Esta historia puede interpretarse como una representación del camino que el hombre debe recorrer para encontrarse con Cristo. A través de la fe y la apertura a la gracia divina, el hombre puede reconocer a Jesús y regresar a Jerusalén, el símbolo de la presencia de Dios.
El Seis, el Hombre y la Gracia Divina
Para poder contar el número seis se necesitan por primera vez ambas manos, y casi todas las personas lo hacen sumando el pulgar de la mano izquierda. El número seis es un claro referente de todas las obras del hombre. Creado por Dios el sexto día (Gn 1:27), se le dan los seis días de la semana para hacer todas sus obras. Pero cuando contamos con nuestros dedos para sumar seis, generalmente miramos las palmas de nuestras manos, y este segundo pulgar izquierdo con el que sumamos seis aparece en posición contraria al pulgar derecho (Dios). Este pulgar izquierdo no se le unge con sangre y aceite. Además en el juicio Jesús pondrá a su izquierda a “los cabritos”, que representan a los que no le amaron a él ni al prójimo (Mt 25:33,41-46). Por ello Satanás siempre le ha susurrado al hombre que desobedezca a Dios (Gn 3:4), rechazando su gracia y sus mandamientos (Dn 7:25), sustituyendo el séptimo día (sábado) por el domingo, primer día de las obras humanas. El diablo repudia el siete, porque señala al Dios creador y redentor (Ex 31:16-17; Dt 5:15). No es casualidad que las dos religiones con más adeptos del mundo guarden, una el viernes [6], y la otra el domingo [1]. Pero solo el séptimo día ha sido santificado por Dios para entrar en su reposo.
Esta obsesión satánica por las obras humanas [6] conlleva rechazar la gracia de Cristo [5], poniendo las obras como único mérito para alcanzar la salvación. Esta idea llevó a nuestros primeros padres a confeccionar delantales de hojas de higuera (Gn 3:7) para cubrir la desnudez provocada por el pecado. También hizo que Caín ofreciese los mejores frutos de su huerto (4:3) sobre el altar, en vez del cordero que ofreció su hermano Abel, conforme al pedido de Dios (4:4). Esto llevó a Caín al odio y al asesinato de su hermano (4:8), transgrediendo el sexto mandamiento (Ex 20:13). Entre los creyentes, las obras meritorias [6] son una cuña metida entre la gracia [5] y la perfección de Dios [7], desvirtuando la gracia y creando un engañoso espejismo que nos hace creer que podremos alcanzar la perfección mediante muestras buenas obras. Esta idea desvió a Israel a lo largo de toda su historia, llevándolos a matar a Jesús, como hizo Caín con su hermano. Posteriormente también contaminó gran parte del cristianismo, abandonado la sola gracia -que defienden todas las Escrituras-, y que más tarde fue el motor de toda la Reforma protestante (siglo XVI).
Pero la Biblia es clara, toda nuestra naturaleza está completamente contaminada por el pecado, y para Dios todas nuestras buenas obras son como trapos de inmundicia (Is 64:6). No puede surgir perfección de la naturaleza degenerada con la que todos los seres humanos hemos venido a este mundo, a menos que por el poder de Espíritu santo la vida de Cristo sea implantada en nosotros (Mensajes Selectos, Tomo 3, 225). Solo entonces seremos “hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Ef 2:10). Ya no son nuestras buenas obras, sino las de Cristo, implantadas en nosotros por la obra y el poder del Espíritu Santo.
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