La iconografía religiosa se ve influenciada por la interpretación individual de textos sagrados, ricos en simbolismos y códigos. La numerología bíblica, la creencia en que Dios revela significados ocultos a través de los números en la Biblia, era una técnica empleada por los gnósticos cristianos que buscaban un significado más profundo en el Nuevo Testamento. Aunque estas prácticas han evolucionado, la "numerología bíblica" persiste.
Números Bíblicos Clave y su Significado
Ciertos números bíblicos, como el 7, 12 y 40, son difíciles de ignorar debido a su frecuente repetición y su simbolismo arraigado.
El Número 7: Totalidad y Perfección
El número 7, utilizado más de 600 veces en la Biblia, representa la perfección, la totalidad y la integridad en todo el Cercano Oriente. En la cultura hebrea, el sábado, el día de descanso, es el séptimo día de la semana. En el Templo, se utilizaban siete lámparas de oro en el candelabro, y la purificación del templo incluía siete días de sacrificios.
El Número 12: Autoridad y Gobierno Divino
El número 12, presente en las doce tribus de Israel y los doce apóstoles de Jesús, representa la autoridad y el gobierno divino. Las doce tribus de Israel fueron establecidas como un gobierno divino sobre el pueblo de Dios. En el libro de Apocalipsis, el número 12 representa la Nueva Jerusalén, la ciudad celestial con doce puertas y doce fundamentos, cada uno con el nombre de uno de los doce apóstoles de Jesús.
El Número 40: Prueba y Transformación
El número 40 representa un tiempo de prueba y transformación. El diluvio de Noé duró 40 días y 40 noches, y los israelitas vagaron por el desierto durante 40 años antes de llegar a la Tierra Prometida. El número 40, por lo tanto, representa un tiempo de prueba y transformación que conduce a un cambio significativo en la vida de una persona.
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Otros Números Significativos
El número 153, en el Nuevo Testamento, se relaciona con la pesca milagrosa de 153 peces. San Agustín creía que el número 17 representaba “la gracia sobrevenida sobre la ley”. En el Antiguo Testamento, el número 318 se utiliza en la Epístola de Bernabé para simbolizar a Cristo. El número 666, en Apocalipsis 13:18, se refiere a la “bestia”.
El Número 18: Un Análisis Profundo
Aunque la información proporcionada se centra principalmente en otros números bíblicos, podemos inferir y explorar posibles significados del número 18 basándonos en los principios de la numerología bíblica y la información contextual.
Interpretaciones Positivas
- La Vida (Jai): En la tradición hebrea, el número 18 está asociado con la vida (Jai), ya que las letras hebreas que componen la palabra "Jai" (vida) suman 18 (Jet=8 y Yod=10). Este simbolismo sugiere que el número 18 podría representar la vitalidad, la existencia y la bendición de la vida.
- Nueva Vida en Cristo: Este concepto de un nuevo comienzo, una nueva vida, un nuevo nacimiento en esta vida, que precede a la nueva existencia en la eternidad, se expresa en la Biblia a través del número ocho. Señalando el nuevo nacimiento en Cristo, todo niño era circuncidado al octavo día (Lv 12:3). Se extirpaba el prepucio, símbolo de la naturaleza pecaminosa (Col 2:11), y entraba a formar parte de la comunidad del pueblo de Dios. Aarón y sus hijos, solo pudieron iniciar su ministerio sacerdotal, después de siete días de consagración encerrados en el Tabernáculo (Lv 8:33; 9:1). También los primogénitos de los animales para el sacrificio pasaban siete días con su madre, y al octavo día debían ser entregados a Dios (Ex 22:30; Lv 22:27). El leproso que se había curado pasaba siete días fuera de su tienda, y al octavo día acudía al santuario donde el sacerdote hacía expiación por él, quedando limpio (Lv 14). Tipificando un nuevo comienzo para el pueblo de Dios, ocho personas se salvaron en el arca, iniciando un nuevo mundo después del juicio universal del diluvio (1Pe 3:20). El altar de los holocaustos, que como hemos visto simboliza nuestro mundo condenado a la destrucción por fuego, se inauguraba con una ceremonia de expiación y purificación que duraba siete días (Ez 43:26). Después de estos siete días, “del octavo día en adelante, los sacerdotes sacrificarán sobre el altar vuestros holocaustos y vuestras ofrendas de paz. Así me seréis aceptos, dice Jehová, el Señor» (v. 27). Esta inauguración tipificaba la expiación constante que Cristo ha mantenido por nuestro mundo hasta el final de la historia de la redención. Cuando finalice esta obra, “al octavo día”, como símbolo de un nuevo comienzo, se iniciará para todos los redimidos de este mundo, la eternidad, en un universo sin pecado.
Interpretaciones Negativas
- Tres Veces Seis: Algunos estudiosos de las tradiciones cristianas ven el 18 como un mal número porque es tres veces 6, lo que lo hace similar visualmente al 666, el número de la bestia.
- Imperfección: Si el 7 representa la perfección, el 6 representaría estar justo por debajo de la perfección, y como tal se usa a veces para representar a la humanidad (creada en el sexto día) o la maldad de Satanás (como en el notorio número 666, sobre el cual hablaremos más adelante).
- Obras humanas: Esta deformación de las obras, que se plasma en el número seis, se reitera en los descendientes de Caín que solo alcanzan hasta la sexta generación, citándose todos los oficios que desarrollaron en esa última generación y que terminó destruida por el diluvio (Gn 4:17-22). Pero el mal es insistente hasta el fin, y Jesús avisa que “como fue en los días de Noé, así también será en los días del Hijo del hombre” (Lc 17:26).
El Número 6 y su Conexión con el Mal
En la Biblia, el número 6 tiene una connotación negativa. Para poder contar el número seis se necesitan por primera vez ambas manos, y casi todas las personas lo hacen sumando el pulgar de la mano izquierda. El número seis es un claro referente de todas las obras del hombre. Creado por Dios el sexto día (Gn 1:27), se le dan los seis días de la semana para hacer todas sus obras. Pero cuando contamos con nuestros dedos para sumar seis, generalmente miramos las palmas de nuestras manos, y este segundo pulgar izquierdo con el que sumamos seis aparece en posición contraria al pulgar derecho (Dios). Este pulgar izquierdo no se le unge con sangre y aceite. Además en el juicio Jesús pondrá a su izquierda a “los cabritos”, que representan a los que no le amaron a él ni al prójimo (Mt 25:33,41-46). Por ello Satanás siempre le ha susurrado al hombre que desobedezca a Dios (Gn 3:4), rechazando su gracia y sus mandamientos (Dn 7:25), sustituyendo el séptimo día (sábado) por el domingo, primer día de las obras humanas. El diablo repudia el siete, porque señala al Dios creador y redentor (Ex 31:16-17; Dt 5:15). No es casualidad que las dos religiones con más adeptos del mundo guarden, una el viernes [6], y la otra el domingo [1]. Pero solo el séptimo día ha sido santificado por Dios para entrar en su reposo. Esta obsesión satánica por las obras humanas [6] conlleva rechazar la gracia de Cristo [5], poniendo las obras como único mérito para alcanzar la salvación. Esta idea llevó a nuestros primeros padres a confeccionar delantales de hojas de higuera (Gn 3:7) para cubrir la desnudez provocada por el pecado. También hizo que Caín ofreciese los mejores frutos de su huerto (4:3) sobre el altar, en vez del cordero que ofreció su hermano Abel, conforme al pedido de Dios (4:4). Esto llevó a Caín al odio y al asesinato de su hermano (4:8), transgrediendo el sexto mandamiento (Ex 20:13). Entre los creyentes, las obras meritorias [6] son una cuña metida entre la gracia [5] y la perfección de Dios [7], desvirtuando la gracia y creando un engañoso espejismo que nos hace creer que podremos alcanzar la perfección mediante muestras buenas obras. Esta idea desvió a Israel a lo largo de toda su historia, llevándolos a matar a Jesús, como hizo Caín con su hermano. Posteriormente también contaminó gran parte del cristianismo, abandonado la sola gracia -que defienden todas las Escrituras-, y que más tarde fue el motor de toda la Reforma protestante (siglo XVI). Pero la Biblia es clara, toda nuestra naturaleza está completamente contaminada por el pecado, y para Dios todas nuestras buenas obras son como trapos de inmundicia (Is 64:6). No puede surgir perfección de la naturaleza degenerada con la que todos los seres humanos hemos venido a este mundo, a menos que por el poder de Espíritu santo la vida de Cristo sea implantada en nosotros (Mensajes Selectos, Tomo 3, 225). Solo entonces seremos “hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Ef 2:10). Ya no son nuestras buenas obras, sino las de Cristo, implantadas en nosotros por la obra y el poder del Espíritu Santo.
El Número 7 y su Conexión con la Perfección
Como ya se ha explicado en la introducción, el número siete califica con la perfección, la plenitud, la consumación y el cumplimiento a todo aquello con lo que se asocia, tanto bueno como malo. Recordemos que en el contexto profético bíblico, un día representa un año (Nm 14:34; Ez 4:6), pero en determinados contextos también puede representar 1000 años (Sal 90:4; 2Pe 3:8). Si bien, este aspecto de la creación se explicará en otro artículo, hay muchas evidencias tipológicas que avalan esta premisa. Judas señala que el patriarca Enoc, que era el “séptimo desde Adán”, profetizó que el Señor vendría con sus millares de ángeles para hacer juicio contra todos los impíos (Jds 1:14-15). Este séptimo patriarca fue llevado al cielo sin gustar la muerte (Gn 5:24), como un tipo de todos los que serán arrebatados vivos cuando Cristo venga (1Ts 4:17). Siete fiestas anuales tipificaban toda la historia de la redención. Comenzando por la Pascua que tipifica la muerte de Jesús en la cruz y terminando con la séptima fiesta, de las Cabañas, que representa su 2ª venida. También el día de la Expiación, que tipifica el juicio preadvenimiento, se realizaba el séptimo mes (Lv 23:27). Cada siete años era sabático (Dt 15:1), y cada siete veces siete años, era un año jubilar (Lv 25:8-10), donde todos los esclavos eran liberados y la tierra volvía a sus legítimos dueños. Cuando el sumo sacerdote, o toda la congregación de Israel cometían un pecado, la sangre del becerro ofrecido por el pecado debía ser rociada siete veces delante del Señor, frente al velo del lugar Santísimo (Lv 4:3-21). El leproso purificado era rociado siete veces con sangre (Lv 14:7). Todo esto nos indica que la eliminación completa del pecado solo tendrá lugar al final de siete periodos, que parecen estar tipificados en la semana de la creación. Así mismo, todo el Apocalipsis, que explica el desarrollo final del plan de la redención, está construido siguiendo el plan salvífico de las siete fiestas de Israel, formando un paralelismo concéntrico de siete bloques, de siete partes cada uno (7×7=49). Esto nos lleva al año 50, el año del jubileo, cuando todos los esclavos y la tierra eran liberados. El ser capaz de anunciar desde el principio, los tiempos y cumplimientos invariables de un proyecto salvífico de tal magnitud, asocia al número siete la absoluta perfección de Dios. Pero no puedo terminar este breve análisis del número siete, sin señalar que para poder contar con nuestras manos este fascinante número que habla de consumación y perfección, hay que sumar a los cinco dedos de la primera mano, dos dedos de la segunda (5+2= 7). Esto equivale a decir, que la gracia de Cristo [5], sumada al amor a Dios por encima de todas las cosas [2] y al prójimo como a uno mismo [2], da como resultado la perfección [7] que Dios espera ver en sus hijos, y la consumación [7] de toda la vida cristiana. Ser una nueva criatura en Cristo, amando a Dios y al prójimo, con todo nuestro corazón, es la nueva vida que el Señor quiere que sus hijos vivan ya aquí, para poderla continuar después, por la eternidad, en la Nueva Jerusalén. Es lo que Jesús le expresó a Nicodemo cuando le dijo: «Os es necesario nacer de nuevo» (Jn 3:7), porque el “el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios” (Jn 3:5).
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