Desde tiempos inmemoriales, la humanidad ha buscado desentrañar los misterios del futuro, ya sea observando las estrellas o interpretando los posos del té. Esta búsqueda de conocimiento sobre el destino parece ser una constante en todas las civilizaciones, impulsada quizás por la necesidad de encontrar respuestas a las grandes interrogantes de la vida y de tomar decisiones más informadas. Antes de la popularización del horóscopo y el Tarot, los oráculos cumplían esta función, ofreciendo guía sobre asuntos tan diversos como el clima, las cosechas y el futuro de los hijos. Aunque las preocupaciones puedan haber evolucionado, la esencia de la búsqueda permanece: saber qué nos depara el futuro para afrontarlo con mayor certeza.
Los oráculos, que en su día fueron centros de peregrinación, hoy en día son en su mayoría ruinas o lugares de interés turístico. Sin embargo, a través de los restos arqueológicos, podemos vislumbrar la importancia que tuvieron en las sociedades antiguas, donde se creía que el destino estaba en manos de fuerzas superiores. En la Antigüedad, los oráculos actuaban como centros neurálgicos de pensamiento y administración política y social. Los designios de los dioses, transmitidos a través de sus sacerdotes y sacerdotisas, eran escuchados y cumplidos a rajatabla, y los oráculos eran una parte fundamental del pensamiento y la cultura helenos.
El Oráculo de Delfos: El Centro del Mundo Griego
De todos los emplazamientos de oráculos (Delos, Dídima, Dodona), sin duda hubo uno que destacó por encima de los demás: Delfos, situado en la ladera del monte Parnaso, en el norte de Grecia, y que se convirtió en un auténtico macroconsultorio de la época. Allí peregrinaban anualmente miles de griegos con la esperanza de ver resueltos sus anhelos y encontrar su camino. Reyes, campesinos y políticos consultaban todo tipo de cuitas a la Pitia, sacerdotisa de Apolo que recibía los mensajes del dios, lo que hizo que Delfos se convirtiera en un referente panhelénico mucho antes del panhelenismo. Allí se tomaron algunas de las decisiones más importantes de la historia de Grecia, y también formó parte fundamental de mitos tan importantes como el de Edipo.
Ubicación y Mitología
El Oráculo de Delfos se encontraba en el valle de Pleisto, cerca del monte Parnaso, en la región de Fócida, donde hoy se ubica la villa de Delfos. La mitología cuenta que el monte Parnaso era un lugar de encuentro para las musas, donde Apolo deleitaba con su lira. El origen del nombre del oráculo es incierto, pero una leyenda sugiere que deriva de Delfino, el dragón mitológico que custodiaba el lugar antes de la llegada de Apolo. El santuario de Delfos es tan antiguo que sus orígenes se pierden en la bruma de la mitología. La leyenda dice que estuvo consagrado a Gea, diosa de la tierra, y a su hija Temis, hasta que llegó Apolo, engañado por la ninfa Telfusa. Apolo derrotó al dragón junto a la fuente Castalia y dejó que su cuerpo se pudriera. En adelante se lo recordó como Pitón, que en griego significa exactamente eso, “pudrirse”. Para ello adoptó la forma de un delfín, saltó a bordo de un barco procedente de Creta, lo guio hasta la costa y ofreció a los marineros un nuevo puesto a su servicio. A Apolo se le conocería también por el sobrenombre de Délfico. Es posible que la historia del barco y el delfín tenga cierto fundamento histórico, ya que la isla de Creta, según se cree, fue el lugar desde donde el culto de Apolo se extendió por toda Grecia.
El Proceso de Consulta
Aunque el procedimiento del oráculo varió a lo largo de los siglos, la figura central era la pitonisa. El oráculo se celebraba el día 7 del mes que coincidía con el nacimiento de Apolo. La pitonisa debía purificarse y realizar ofrendas. Según parece, la candidata a serlo debía tener una vida irreprochable, pues una vez se la nombraba se comprometía a vivir en el santuario. Durante los siglos en los que mucha gente acudía al oráculo podía haber hasta tres pitonisas, aunque con el declive del oráculo finalmente bastó con una. Según Diodoro Sículo, al principio era una joven virgen, pero a raíz de la violación de una de ellas por un joven de Tesalia se decretó que no debía tener menos de 50 años (aunque siguiera vistiendo como una doncella). Según recogen los distintos autores de la Antigüedad, el oráculo se celebraba el día 7 del mes que coincidía con la fecha del nacimiento de Apolo. En invierno no había oráculo. Esos días de consulta, la pitonisa debía purificarse en la fuente Castalia y realizaba ofrendas a Apolo. Después, se vertía agua sobre una cabra y si tiritaba significaba que Apolo estaba receptivo a las consultas: entonces se sacrificaba en el altar. Los consultantes también debían purificarse con agua de las fuentes del Delfos y esperar un orden para las consultas, además de pagar una serie de tasas y ofrecer un sacrificio en el altar.
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No hay unanimidad sobre cómo se inspiraba la pitonisa para sus consultas. Según parece, por una de las grietas de la roca donde se encontraba sentada la pitonisa emanaban unos gases que la hacían entrar en trance y profetizar. También se habla del agua de la fuente o que incluso mascaba hojas de laurel que la ayudaban a alcanzar su estado. Lo más probable es que los gases que se filtrasen fueran etano, metano y etileno, pues debajo del templo de Apolo se cruzan dos fallas geológicas, y son los que la podrían haber ayudado a entrar en trance. Generalmente, daba respuestas que un sacerdote interpretaba y escribía en forma de verso y después entregaba al consultante en cuestión. El elemento más importante era la “Pitonisa”, se trataba de una joven mujer (obviamente la más guapa y la más “pura”) que tenía la habilidad de “conectar” con los dioses. Antes de empezar el ritual se planteaba el tema a tratar por el visitante del Oráculo de Delfos, es decir, la gran pregunta de qué decisión debería tomar. En ese momento uno de los sacerdotes del santuario se le acercaba para escuchar dichas palabras y posteriormente traducírselas al visitante. El visitante era el responsable de sacar su propia predicción del verso proporcionado, de manera que si ésta finalmente no se cumplía, sería por su mala interpretación… De hecho, de esta manera la poderosísima “Pitonisa” nunca estaba equivocada.
Máximas Délficas
Parte de estos comentarios y vaticinios nos han llegado a través de inscripciones y fuentes indirectas, como Heródoto o Tucídides. Algunos narran anécdotas históricas, pero otros funcionan como máximas morales y vitales, a medio camino entre la literatura, la historia y el pensamiento. En el siglo V d.C., el escritor Estobeo recogió 150 máximas délficas en una antología asimilable a nuestro refranero, en la que leemos frases como «aprovecha la oportunidad», «habla bien de los demás», «observa lo que has escuchado» o «habla solo si sabes». Aunque algunas de estas sentencias parecen pertenecer al acervo popular más que a designios divinos, sí sabemos con certeza que al menos tres de ellas estuvieron directamente relacionadas con el oráculo de Delfos, en tanto que, según afirman fuentes como Platón, habrían estado talladas en la parte delantera del templo de Apolo desde el que la Pitia realizaba sus vaticinios. El origen de estas sentencias es incierto, aunque se suelen atribuir a los Siete Sabios de Grecia o al propio Apolo.
- Conócete a ti mismo: Según Jenofonte, el rey Creso fue a preguntar al oráculo sobre cuál era el saber más importante, a lo que la Pitia respondió con el mentado aforismo. Tanto Platón como los estoicos consideraban el autoconocimiento dictado por el oráculo como un elemento fundamental en la vida, especialmente en lo que respecta a conocer las propias limitaciones y la posición que uno mismo tiene en el mundo. Afirmaban que el autoconocimiento es el principio básico de la sabiduría, y desde él se podrá llegar al resto del conocimiento. Ahora bien, no es tarea sencilla: y es que, según estos pensadores, conocerse a uno mismo es una de las tareas más difíciles a las que nos podemos enfrentar.
- Nada en demasía: Es bueno disfrutar del ocio y de los placeres, pero sin excedernos, y lo mismo sucede con el duelo, la tristeza y los malos sentimientos, que son sanos con mesura pero pueden ser peligrosos si nos detenemos durante demasiado tiempo en ellos. Otros autores posteriores continuaron desarrollando la idea base de esta enseñanza, como Aristóteles u Horacio y su aurea mediocritas («dorada mediocridad»).
- Haz una promesa y la fatalidad estará cerca: Recuerda el oráculo en esta sentencia el peligro de aferrarse demasiado a todo cuanto creemos seguro: la vida siempre nos sorprende. Así, conviene no confiarse de más y andarse con cautela, pues en el momento en que creamos que todo está encauzado será cuando empiecen a venir las desgracias.
Estas sentencias morales del oráculo continúan estando de máxima actualidad, y muchos refranes o proverbios contemporáneos beben directamente de ellas. La razón es bien sencilla: como los griegos, seguimos buscando respuestas a nuestros anhelos y al porvenir, así como una literatura que nos haga las veces de guía para la vida.
La Función del Oráculo
Aunque al santuario acudía multitud de peregrinos en busca de alguna orientación sobre decisiones que debían tomar, la función esencial del oráculo no era predecir el futuro, sino proveer de sanción divina a las decisiones políticas de las ciudades: ratificaba leyes e incluso constituciones, aprobaba la fundación de nuevas ciudades y de colonias, aconsejaba empresas bélicas o las censuraba. Los atenienses realizaban en Delfos una procesión anual, la Pitaida, para conmemorar la caída de un rayo en el monte Parnaso.
Cuando los peregrinos llegaban al pie del monte Parnaso, donde estaban la ciudad de Delfos y el recinto de Apolo, los recibía el próxenos, el embajador que cada polis tenía en el santuario y que atendía por igual a embajadores y a ciudadanos particulares.
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Hay que suponer que los días en que el recinto estaba abierto a consultas debía de concentrarse allí mucha gente, y que las colas para entrar eran constantes. Pero no todos tenían que esperar: ciudades como Atenas o Esparta disfrutaban del privilegio de la promanteia, la prioridad de consulta, de la que se beneficiaban tanto sus emisarios como los ciudadanos privados que los acompañaban.
Lo primero que encontraban los viajeros, a un kilómetro y medio del recinto, era la zona conocida como Marmaria por los mármoles de los edificios allí construidos, entre ellos el templo circular de Atenea Pronaia. Luego los peregrinos pasaban por la fuente Castalia, que brotaba entre las dos piedras Fedríades («brillantes»), y se purificaban con sus aguas. Acto seguido entraban en procesión por la vía Sacra, ya en el interior del santuario propiamente dicho.
Esta calzada ascendía por una pronunciada pendiente y estaba flanqueada por los tesoros de las más prominentes ciudades: Sición, Sifnos, Cnido, Tebas, Atenas, Corinto, Massalia. Los tesoros eran pequeños templos o capillas en los que se conservaban los exvotos y donaciones que los ciudadanos de una polis entregaban al santuario.
Después la vía llegaba al templo de Apolo, más arriba del cual se encontraban la palestra, el gimnasio, el estadio y el teatro. Este edificio, con capacidad para unos 5.000 espectadores, acogía los certámenes artísticos de los juegos píticos, que se celebraban en honor de Apolo e incluían competiciones atléticas y celebraciones religiosas.
Frente al templo estaba el altar para los sacrificios. Aunque no se conocen las tarifas, es de suponer que el precio mínimo por la ofrenda sería asequible para un ciudadano medio. Sin embargo, los más pudientes solían ofrecer, además de un sacrificio, presentes como estatuas, trípodes y otros exvotos. Lógicamente, las tasas en forma de sacrificios o tartas que había que comprar para acceder al oráculo debían de ser mucho más elevadas para las consultas cívicas que para las privadas.
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Poco sabemos de la organización en el interior del templo. Allí se encontraban la sacerdotisa pitia, por cuya boca hablaba Apolo, y el cuerpo de sacerdotes que la atendía y que se repartía las diferentes tareas. Aunque no se conocen con certeza las atribuciones de cada grupo, se cree que los hieréis se encargarían de los sacrificios; los prophetai se ocuparían de ayudar a la pitia e interpretar sus palabras, y los hósioi se cuidarían del culto.
El peregrino entraba en el templo a través del chresmographeion, donde se guardaba el archivo del santuario con la lista de consultantes, sus preguntas y respuestas, así como la lista de vencedores en los juegos píticos; probablemente allí formulaba su pregunta. Según la tradición, en la parte más recóndita del templo de Apolo había un lugar subterráneo, el ádyton, al que la pitia descendía, con una corona y un bastón de laurel, cuando le llegaba el momento de entrar en éxtasis y comunicarse con la divinidad.
Se cuenta que ahí masticaba laurel, bebía agua de la fuente Casotis y se sentaba en un gran trípode situado sobre una grieta natural del suelo de la que salían vapores. Al inhalarlos, la sacerdotisa entraba en un frenesí o delirio gracias al cual pronunciaba las palabras, quizás incomprensibles, que los sacerdotes del templo escuchaban y escribían, y que luego se entregaban al consultante.
Después de la consulta, el peregrino regresaba al chresmographeion, donde los prophetai le entregaban por escrito un informe oficial y la respuesta del oráculo interpretada y formulada solemnemente, a menudo en verso. Tras esto emprendía el viaje de regreso a casa, tan peligroso como el itinerario de ida. De hecho, la gran cantidad de problemas y obstáculos a los que se enfrentaron los peregrinos entre el estallido de la guerra del Peloponeso (431 a.C.) y el advenimiento de Alejandro Magno contribuyó a la pérdida de importancia del oráculo y al desuso de las rutas de peregrinaje.
Decadencia y Legado
Durante la guerra, por ejemplo, los atenienses se acostumbraron a visitar el oráculo de Dodona porque Delfos había caído en manos espartanas. El prestigio de Delfos comenzó su declive tras la muerte de Alejandro, en 323 a.C., aunque continuó siendo un centro de atracción durante la época helenística y el período romano. Por fin, en 391 d.C., el emperador romano Teodosio decretó el cierre de todos los oráculos y la prohibición de la adivinación de cualquier tipo. El cristianismo había silenciado la voz de los antiguos dioses.
Con el cristianismo llegó el fin de los presagios délficos, que pasaron a considerarse una superstición pagana. Sobre las ruinas del santuario creció una aldea llamada Castri. Los templos y tesoros cayeron en el olvido. En el siglo XVII ningún lugareño recordaba ya el templo de Apolo. Los arqueólogos pioneros tuvieron serios problemas para ubicar el lugar exacto. La primera pista la dieron las propias piedras, que habían sido reaprovechadas para construir iglesias y casas. A mediados del XIX, un arqueólogo alemán llamado Karl Müller logró identificar la muralla, pero no pudo ir más allá. La ciudad estaba habitada y no era posible excavar bajo las viviendas. Todos los habitantes de Castri fueron obligados a trasladarse a un nuevo municipio, llamado Delfi en honor de su antecesora.
Aunque algunas piezas terminaron en el extranjero (sería el caso del Trípode de Paideia, cuyos pies, en forma de serpiente, adornan el hipódromo de Estambul), la mayoría se salvó del expolio. El tholos de Atenea, el estadio (que es el mejor conservado en su género), el tesoro de los atenienses y la fuente Castalia fueron restaurados. De nuevo, cientos de visitantes suben cada día la cuesta sagrada que conduce al templo de Apolo. Pero ninguno logra escuchar ya la voz del dios.
Otros Oráculos de la Antigüedad
Si bien Delfos fue el oráculo más renombrado, otros lugares también ofrecían guía divina:
Oráculo de Amón
Ubicado en el oasis de Siwa, al oeste de Egipto, este templo estaba consagrado a Amón, asimilado por los griegos con Zeus. Según la leyenda, su fundación se vincula al oráculo de Dodona, con dos palomas negras fundando ambos oráculos. Alejandro Magno peregrinó a este lugar en el 331 a.C., buscando ser reconocido como hijo de Amón, lo que le facilitó su entronización como faraón. Durante el periodo tolemaico y romano, el oráculo siguió operando, aunque su influencia religiosa disminuyó gradualmente, convirtiéndose más en un centro turístico. Como el Oasis de Siwa, que se convirtió en un destino turístico significativo. Los romanos construyeron nuevas estructuras en este oasis por razones militares para prevenir invasiones y saqueos, además de mejorar las rutas de acceso. Con el surgimiento del cristianismo y posteriormente del islam, el Oráculo de Siwa perdió importancia religiosa gradualmente. Aun así, la transición fue lenta debido a la inercia en cuestiones religiosas y la lejanía de los poderes políticos. Eventualmente, el templo fue abandonado y cayó en ruinas, pero el oasis siguió habitado, conservando muchas de sus tradiciones únicas.
Templo de Upsala
Este templo, situado cerca de la moderna Upsala en Suecia, era un centro religioso vikingo dedicado a la veneración de los dioses nórdicos. Los rituales, como el blot, incluían sacrificios de animales y humanos con fines adivinatorios, buscando respuestas sobre la vida cotidiana y las cosechas futuras.
Oráculo de Nechung
Originalmente ubicado en el Tíbet, este oráculo se trasladó al monasterio de Dharamsala en la India tras el exilio. El Nechung Kuten, médium del oráculo, entra en trance y es "poseído" por la deidad Pehar Gyalpo, ofreciendo consejos a gobernantes y manteniendo una gran importancia religiosa y política en el exilio.
Oráculo de Dodona
Situado al pie del monte Tomaro en Epiro, este oráculo estaba dedicado a Zeus y otros dioses. Se interpretaban los sonidos del roble sagrado y el vuelo de las palomas para conocer el futuro. Aunque se han encontrado láminas de plomo con preguntas grabadas, las respuestas rara vez se conservan.
La Adivinación en la Antigüedad
La adivinación del porvenir por medio de los oráculos es una de las formas más antiguas del presagio, encontrándose en las comunidades sociales más diferentes para que puedan comprenderse mejor sus puntos de contacto y sus diferencias. Entre los llamados pueblos inferiores está muy extendida la creencia de que determinadas personas y hasta animales en circunstancias especiales están poseídos por algún espíritu o divinidad, manifestándose tales seres superiores por temblores convulsivos y sacudimientos espasmódicos de todo el cuerpo humano, por gestos y contracciones de todos los miembros, por miradas extraviadas, todo lo cual ha de referirse no a la persona que los realiza, sino al espíritu que ha entrado en su interior. Las palabras que se pronuncian en este estado anormal son consideradas como proféticas y son aceptadas como una descripción del porvenir.
En Grecia, bajo la dirección de los sacerdotes, eran conocidos con los nombres de manteia y chresteria. El primero designaba particularmente el lugar donde residía la fuerza profética, y el segundo evoca con preferencia la idea del partido que, en tal lugar, podía el hombre sacar del llamamiento hecho a la sabiduría divina. La respuesta que se obtenía se llamaba también manteion, y todavía con mayor exactitud chresmos. Esta última voz se aplica, sin embargo, más particularmente a los oráculos que pronunciaban el dios por la boca de algún profeta inspirado y que de ordinario revestía una forma poética.
Desde los tiempos más remotos la adivinación fue empleada por los pueblos helénicos, mencionando las leyendas heroicas y los poemas homéricos un sinfín de adivinos y familias cuya virtud era hereditaria. Tales adivinos practicaban solamente la adivinación inductiva, y si accidentalmente anunciaban de una manera directa el porvenir, era en un momento de clarividencia, de inspiración o a consecuencia de los sueños. Los oráculos propiamente dichos se constituyeron más tarde con la adivinación intuitiva, y probablemente, dicen varios autores, con la influencia de los cultos orientales. El carácter esencial de los oráculos griegos, al revés de los egipcios, es el estar localizados, fijados en un puno determinado. La facultad adivinatoria deja de ser un privilegio individual o familiar y se reserva al propio dios, adoptando una modalidad uniforme y conforme a ritos consagrados. Hablando con propiedad, un oráculo podía prescindir de todo intermediario entre el dios y el devoto, del sacerdote, pero la regla general, o poco menos, fue en Grecia la intervención de un cuerpo sacerdotal especializado, con la misión de aclarar y hacer hasta cierto punto comprensibles las enigmáticas palabras que pronunciaba la divinidad o su órgano.
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