La Pasión de Jesucristo es un tema central en la fe cristiana, un evento que se conmemora y medita profundamente. Este artículo busca ofrecer un resumen informativo y estructurado sobre las meditaciones en torno a la Pasión, tomando como base las prácticas litúrgicas, las reflexiones teológicas y las experiencias espirituales.
La Celebración Litúrgica de la Pasión del Señor
La conmemoración de la Pasión del Señor se lleva a cabo a través de una liturgia específica que incluye la lectura de la Palabra, la adoración de la Cruz y la sagrada Comunión. Durante este día, no se celebra ningún otro sacramento, excepto la penitencia y la unción de los enfermos. La celebración suele comenzar después del mediodía, cerca de las tres de la tarde.
Al inicio de la ceremonia, el sacerdote y los ministros se acercan al altar en silencio, sin cantar. Si es necesario dar una introducción, se hace antes de la entrada de los ministros. Una vez frente al altar, el sacerdote y los ministros se postran rostro en tierra, un rito que simboliza tanto la humillación del hombre terrenal como la tristeza y el dolor de la Iglesia.
Las lecturas se realizan en su totalidad, y el Salmo responsorial y el canto que precede al Evangelio se entonan como de costumbre. Para mostrar la cruz, se elige la forma más apropiada según el Misal. El sacerdote adora la cruz con una genuflexión o una inclinación profunda, mientras que el resto de la asamblea lo hace desde su lugar, también con una genuflexión o inclinación. Se invita a los participantes a un momento de oración silenciosa mientras contemplan la cruz, un elemento central de esta celebración.
Después de la adoración, la celebración continúa con la invitación al Padrenuestro, que luego canta toda la asamblea. No se da el signo de la paz. La comunión se realiza según lo descrito en el Misal. El color litúrgico utilizado es el rojo.
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Las lecturas bíblicas para este día son: Isaías 52, 13 - 53, 12; Salmo 30; Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9; y Juan 18, 1 - 19, 42. Estas lecturas muestran cómo las antiguas profecías mesiánicas se cumplen en la Pasión y muerte de Jesús. Cristo, muerto fuera de las murallas de la ciudad a la hora en que se sacrificaban los corderos para la pascua judía, es el Cordero expiatorio que cargó con el peso de los pecados. La Iglesia brota de su costado abierto para la salvación del mundo. La imagen del Crucificado es el signo propio de este día, venerado de manera especial en la liturgia.
La Oración de Jesús: Un Modelo de Confianza y Entrega
La oración de Jesús es un tema recurrente en el Nuevo Testamento. Sus acciones, momentos decisivos y decisiones están precedidos por una oración constante, filial, confiada y segura. Juan López Vergara contextualiza estos eventos y destaca la oración de Jesús en primera persona.
Después de treinta años de silencio en Galilea, Jesús se adentra en el desierto y escucha al Bautista, quien bautiza en el Jordán. Jesús es colmado por la unción del Espíritu, una comunicación que trasciende las vivencias ordinarias con su Padre, quien dialoga con él revelándole el misterio de su filiación única. A partir de este momento, el tiempo de Jesús se inaugura con la fuerza del Espíritu, enseñando en las sinagogas.
En Nazaret, Jesús comienza su predicación con la certeza de que la Escritura contiene la Palabra de Dios. Al recibir el rollo del profeta Isaías, encuentra un pasaje que vislumbra el programa de su vida, un anuncio kerigmático que entraña el cumplimiento de la profecía.
En medio de las multitudes, Jesús reflexiona sobre los apegos y desprendimientos. Busca la soledad para estar con su Abba, orando incesantemente. Sus padres le enseñaron a crecer con serenidad y confianza, a buscar a Dios en su propia existencia, a abandonarse en sus manos.
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Jesús invita a sus seguidores a tomar una decisión a favor de él, enfatizando que el seguimiento exige priorizarlo sobre los lazos familiares. Este anuncio sorprende por su autoridad y provoca que algunos lo abandonen. La misión de Jesús en Galilea se caracteriza por sus continuos desplazamientos, anunciando el reinado de Dios y acompañado por discípulos y mujeres.
Los encuentros de Jesús con Dios, a quien invoca como Abba, causan una gran impresión. Jesús de Nazaret predica al Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, un Dios de vivos con quien mantiene una relación viva. De su corazón emana un manantial de misericordia para sus hermanos, dando vida al nombre que le puso Dios. Él solía permanecer en oración desde medianoche hasta el alba, convencido de que quien sabe bien orar, sabe bien vivir. Su mensaje era inseparable de su persona.
Un día, uno de sus discípulos le pide que les enseñe a orar como Juan el Bautista. Jesús abraza en su alma el misterio de su filiación divina, un misterio que no suprime su humanidad. Al igual que nosotros, tuvo necesidad de amar y ser amado, creciendo en sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres.
Sin embargo, su palabra y misión no siempre son bien recibidas. Jesús se siente acosado por aquellos que se consideran justos y, para hacerlos reflexionar, utiliza la parábola del hijo pródigo, reveladora del corazón de Dios. Dios es un Padre que siempre espera, ama y acoge, una imagen que revela un conocimiento perfecto del amor de su Abba, de su misterio, que condensa todo: Dios es amor. Jesús describe el fundamento de la dignidad humana: su filiación divina.
La oración de Jesús se intensifica ante la dificultad, la sospecha y la persecución. En Getsemaní, Jesús cae en tierra, agarrotado por el miedo. Y llega la cruz. Jesús, quien pasó haciendo el bien, está en la cruz ultrajado, sufriendo lo indecible. Las autoridades le desafían a salvarse a sí mismo. Los soldados le increpan con el mismo argumento. Otro de los crucificados se apiada de Jesús y lo defiende. La dureza y la compasión se dan cita. Todo está consumado. Un gemido sufriente emana de su cuerpo exhausto. Y a pesar de todo, la bondad que lo identificaba persiste, realizando el acto supremo de caridad: dar su vida.
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Acompañar a Jesús en su oración es aprender a rezar, aprender a confiar. La palabra «Elohím» hace alusión a uno de los nombres con que se designaba a Dios en el Antiguo Testamento. San Marcos pone en labios de Jesús, cuando éste clama al Padre en el Calvario: «“Eloí, Eloí, ¿lema sabactaní?” -que quiere decir-, “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”», recordando el Salmo 22 (21). Por eso, el Señor propone invocar a «Elohím» para que nos consuele, lo mismo que Él necesitaba consuelo durante la Crucifixión y en Getsemaní.
La Meditación de la Pasión: Un Camino hacia la Transformación
La meditación de la Pasión del Señor es una característica principal en la espiritualidad de Prado Nuevo, desde que lo pidiera la Virgen por primera vez. Esta práctica genera frutos hermosos. Los medios para realizarla son diversos: la lectura de la Pasión en los Evangelios o en libros piadosos, el Vía Crucis, el rezo de los misterios dolorosos del Rosario, etc.
Un autor clásico, el padre Luis de la Palma, S. J., afirma que "La meditación de la Pasión es buena para todas personas y para todos estados. Es poderosa para arrancar al hombre de la mala vida, y despertar a los que empiezan al dolor y aborrecimiento de sus pecados; es aliento para los que aprovechan, y un perfectísimo dechado de toda virtud; y es incentivo eficacísimo de amor".
Se nos recuerda que el Cielo tiene una medida distinta a la nuestra para contar el tiempo, y lo que para nosotros parece inminente, no lo es para el Señor, para quien todo es presente. Además, el cumplimiento de las profecías está condicionado a la respuesta del hombre a Dios.
Se nos insta a no condenarnos, ya que la Madre sufre mucho por todos nosotros. Las palabras del libro de las Lamentaciones se aplican a la Virgen María: «Vosotros, todos los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante al dolor que me atormenta» (Lm 1, 12). El padecimiento de los Corazones de Jesús y de María, unidos por un gran amor, son como un solo corazón. Es la Virgen de los Dolores, nuestra Señora de las Angustias, la Madre del Redentor, firme al pie de la Cruz, inundada de dolor, pero con el alma fuerte. El amor inmenso de su Corazón Inmaculado sostuvo a María en esos instantes de suprema entrega y dolor. El amor, cuando es verdadero, va acompañado del sufrimiento, y María Santísima ama y sufre a la vez; ve en su Hijo Inocente torturado todo un resumen de injusticias, y le duelen igualmente los pecados de los hombres, de nosotros, pecadores.
Reflexiones Teológicas sobre la Pasión
La Pasión de Cristo implica tristeza por el pecado (Is. 53, 4-6), rechazo del pecado (Ez. 18, 30-32) y un volverse a Dios (Os. 6, 1-3). Es para todos (Ap. 22, 17).
La Pasión no fue una amenaza para el emperador Tiberio, ni un acto sin principios. Los líderes religiosos de la época no podían soportar ser impopulares.
¿Por qué Jesús fue crucificado? Porque el hombre aborrece a Dios, porque era la hora de Satanás, y porque Cristo iba a ser expiación por el pecado.
Durante la Pasión, Cristo fue desfigurado por el pecado. El pecado trae vergüenza (Gen. 3:7). El pecado fue llevado por Cristo, incluso los pecados "carmesí" (Is. 1:18). El pecado trajo maldición (Gen. 3:18), pero Cristo se hizo maldición por nosotros (Gal. 3:13).
Cristo merecía un trono y un reino eternos (He. 1:3). Pasó tres horas en la cruz, durante las cuales experimentó el juicio. La cruz es para que los hombres la vean. Cristo se hizo pecado por nosotros (2Co. 5:21).
El velo del templo era grande y hermoso, de sesenta o más pies, y fue rasgado de arriba abajo, simbolizando el acceso directo a Dios. Esto significa que ahora podemos entrar en la presencia de Dios (Heb. 10:19-20; Gen. 3:24). Tenemos un camino nuevo y vivo.
José de Arimatea, un discípulo secreto de Jesús, experimentó un cambio. ¿Por qué? Porque se dio cuenta de su propio pecado y fue preso del amor de Jesús.
El Perdón y la Intimidad con Cristo
Ante el espectáculo de nuestra propia respuesta al amor de Cristo, podemos exclamar como San Pablo: “Miserable de mí, hombre”. Como comenta San Agustín: Miserable, porque soy hombre, y miserable porque soy yo entre los hombres. Podemos percibir nuestra ingratitud al Señor y nuestra mezquindad con Él.
Es fundamental sentir internamente que Jesucristo nos perdona todo y que estamos en su amistad. Esto es esencial para una vida de fervor y una vida espiritual intensa. El alma, para poder avanzar con generosidad, necesita la seguridad moral de que está en la amistad de Cristo, de que Cristo la ama, de que Jesucristo tiene ilusión sobre ella, que le comunica sus gracias y que está cooperando con Cristo.
Si creyésemos estar siempre en enemistad con Cristo, no tendríamos entusiasmo para lanzarnos a la santidad.
El primer paso es reconocer humildemente nuestro pecado, con verdad, sin huir de Jesucristo. Debemos abrirnos al Señor tal como somos, sin esconder nada a su mirada, sino ponerlo todo en su presencia.
En el Antiguo Testamento, Adán y Eva cometen el pecado y huyen del Señor. Judas traiciona al Señor y huye, desesperado. Los escribas y fariseos huyen del Señor, escondiendo sus pecados. Mientras que los pecadores arrepentidos se quedan, resistiendo la mirada del Señor. El resultado de quedarse ante la mirada de Cristo es el perdón, mientras que el resultado de escaparse es la desesperación.
El Rey David, después de cometer adulterio y mandar matar a Urías, es confrontado por el profeta Natán y reconoce su pecado. "He pecado", dice David, y el profeta Natán le responde: "También Dios te ha perdonado".
En el Nuevo Testamento, la Magdalena se echa a los pies de Cristo. Pedro, después de haber renegado del Señor, va a su encuentro en la Resurrección. El buen ladrón, en el momento de su muerte, defiende a Cristo y le pide: “Señor, acuérdate de mí cuando vengas en tu gloria”. Y el Señor le dice: “Hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso”.
No debemos huir ante Jesucristo, sino quedarnos siempre, con el corazón abierto, sin esconderle nada. "He pecado", aquí estoy, Señor. Y esto no impedirá tu intimidad con Él. Jesucristo ha sido bueno con nosotros en nuestro pecado, amándonos e impidiendo que cayéramos aún más bajo.
Jesucristo es el gran perdonador. Basta leer las parábolas de Jesucristo, donde habla de ese perdón: la oveja perdida, el hijo pródigo. Debemos sentir que Jesucristo nos abraza contra su Corazón.
Podemos oír la parábola del hijo pródigo como de labios de Jesucristo que nos habla ahora, recordándonos cómo nos alejamos de Él, derrochamos nuestras cualidades y nos encontramos con un vacío en el corazón. Hasta que un día, reflexionando, dijimos: “Me levantaré, iré a casa de mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo, pero recíbeme, al menos, como uno de tus criados”. Y el Padre nos estaba esperando, más dispuesto a recibirnos que nosotros a volver. Y nos abrazó contra su Corazón.
No debemos dudar del perdón de Jesucristo. Él todo lo echa en el fondo del mar de su Corazón, allí desaparece totalmente. Esto nos cuesta mucho, porque proyectamos nuestra psicología en Cristo y somos mezquinos en el perdonar. Pero Jesucristo es distinto; es un Corazón muy grande y especial en perdonar. Él no se acuerda más. Nosotros tenemos que acordarnos para mayor agradecimiento, para mayor generosidad en el resto de nuestros días; pero Él, lo olvida.
El título que más le gusta a Jesucristo es Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, porque eso es lo que Él ha venido a hacer aquí, a la tierra: a quitar los pecados del mundo.
Ante esta realidad, y sintiéndonos en los brazos de Cristo, tenemos que hacer un gesto generoso: aceptar toda nuestra vida pasada, tal como ha sido. Jesucristo nos ama tal como somos. Lo que pasa es que nosotros mismos nos vemos a veces tan feos, que no quisiéramos vernos así. Y como no nos amamos a nosotros mismos tal como somos, pues nos parece que tampoco Jesucristo nos quiere tal como somos.
Aceptar nuestra vida pasada de verdad, con todos nuestros pecados y cosas. Aceptarlo tal como ha sido. No para estar siempre repitiendo las confesiones, sino para tener mayor confianza en Dios.
Hacer un propósito firme de no tocar nunca, jamás, ningún pecado de la vida pasada en confesión, ni siquiera en la hora de la muerte, en obsequio a la misericordia de Jesucristo.
La Cruz: Signo de Amor y Esperanza
Hoy es el día más duro de la historia. Ante el silencio reinante, contemplamos la cruz, en su desnudez. Hoy no vemos a Jesús de Nazareth clavado en la cruz, hoy vemos a la humanidad clavada en ese madero milenario.
¿Cómo podemos vencer las cruces de la vida? Jesús nos da una pista: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. Jesús nos enseña la importancia de confiar, a pesar de los pesares, porque no perdamos de vista que la cruz jamás puede ser la última parada.
Ese algo más comienza desde la misma cruz. Cuando dirigimos nuestra mirada a la cruz donde Jesús estuvo clavado, contemplamos el signo del amor, del amor infinito de Dios por cada uno de nosotros y la raíz de nuestra salvación.
Sólo así, por medio de la cruz, ha sido derrotada la muerte, se nos ha dado la vida, devuelto la esperanza. La cruz de Jesús es nuestra única esperanza verdadera.
La noticia realmente impactante es que las personas, todas y cada una, caeremos, tendremos la sensación de que nos hundimos y que no hay ni salida ni marcha atrás. Que la vida no es fácil, que existen errores que parecen que sean incombustibles en nuestras entrañas más profundas de nuestro ser.
Este es el legado de la cruz. Que la cruz nos ayude a cambiar el sino de los tiempos, de los otros y del nuestro, que acojamos y que no juzguemos. Si lo conseguimos nuestras cruces serán más ligeras.
El Vía Crucis: Un Camino de Meditación y Oración
El Vía Crucis ha estado muy vinculado a la Orden franciscana. Las estaciones del Vía Crucis nos recuerdan los momentos importantes de la Pasión de Jesús.
El Oficio de la Pasión de San Francisco
San Francisco de Asís también cultivó la meditación sobre la Pasión, creando un oficio divino de tipo privado. Este oficio se caracteriza por sus acentos sálmicos y de algunas otras citas bíblicas.
Los salmos utilizados son, respectivamente, los salmos 69 y 12 del salterio, con diversas adiciones personales. Francisco busca los versículos adecuados y los contextualiza, añadiendo citas bíblicas y expresiones personales.
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